1. Observa y elimina

El primer paso es visualizar. Hay que tomarse tiempo para observar el espacio con ojos nuevos e identificar lo superfluo. Antes de empezar a organizar contempla el estilo de vida al que aspiras. Líbrate del exceso para hacer tu vida más ligera, más libre y feliz. En otras palabras, simplifica y dirige tu mirada hacia los espacios en blanco, los silencios, lo natural. La sencillez y la simplicidad permiten reacomodar prioridades para que lo esencial resurja del fondo.

2. No acumules

Los acumuladores han desarrollado un lazo tan fuerte con los objetos, que no pueden deshacerse de ellos sin tener el sentimiento de perder una parte de sí mismos. Responde a una necesidad de seguridad y evidencia una forma de ansiedad. Están los “acumuladores afectivos” que atesoran naderías diversas porque les evocan un recuerdo; los “acumuladores instrumentales”, que no se atreven a tirar nada porque están convencidos de que tal o cual cachivache algún día les hará falta; los “acumuladores altruistas” almacenan cosas con la intención (siempre aplazada) de dárselo a otros.

3. Rompe con la tradición

Hay que tomar conciencia de la causa del desorden. Si no, igual que en un régimen de adelgazamiento mal diseñado, habrá un efecto rebote y el caos (como los kilos) volverá. Una de las causas más frecuentes es la herencia. Si nuestros padres no eran muy organizados, existe un alto riesgo de que sus caóticos hábitos nos hayan sido transmitidos. Las recetas de cocina se transmiten de generación en generación, no así los secretos familiares de una buena organización.

Un segundo motivo frecuente es el sentimiento de culpa. Nos parece mal deshacernos de algo que nos regalaron, aunque ni nos guste, ni nos sirva, ni le prestemos jamás ninguna atención. No debes sentirte culpable de tirarlo, solo agradécele la alegría de cuando lo recibiste. Así de sencillo.

4. Márcate un desafío detrás de otro

Para alcanzar la meta, proponte estrategias como deshacerte de un objeto al día, desafiarte a pasar tres meses usando únicamente 30 prendas de vestir; o fíjate un día a la semana libre de compras, en los que no irás ni a por el pan… y no pasará nada. Retarse a uno mismo ayuda a crear nuevos hábitos. Estas pequeñas acciones permiten evaluar mejor lo que poseemos, darnos cuenta de que hay muchísimas cosas que no echamos de menos en absoluto.

5. Define un plan de ataque, y cúmplelo

Los hay partidarios del poco a poco, que proponen dedicarle a la tarea 15 minutos cada día. Te sorprenderás de lo que puedes hacer en ese tiempo. Un consejo: ser realista para no acabar frustrado. Y dos: desconectarse. Ni teléfono, ni tele. Las interrupciones son el enemigo número uno de la eficacia y van arañando poquito a poco nuestro tiempo.

Solo seremos capaces de finalizar la tarea si lo hacemos de golpe en un solo intento. Eso implica dos pasos: tirar y guardar. Por este orden. Guardar crea la ilusión de haber resuelto el problema. Pero el desorden sigue creciendo debajo de las tapas de las cajas donde lo ocultamos. No lo ves, pero el caos sigue allí.

6. Deja lo sentimental de último

¿Qué será más fácil, empezar por colocar la despensa o los álbumes de fotos? Sin duda, lo primero. Con los recuerdos, el asunto se complica porque no existen criterios objetivos. Hay tres factores que dan valor a las pertenencias: función, información y apego emocional. Cuando se añade el elemento de rareza, se multiplica la dificultad para desprendernos de ello.

Por eso el proceso será más fácil si empiezas con cosas que no supongan demasiado conflicto. Por el contrario, las fotos y las cartas, por ejemplo, son únicas e imposibles de reponer por lo tanto deben dejarse para el final.

7. ¿Lo guardo o lo tiro?

Aquí lo crucial es elegir bien el criterio que nos ayude a dirimir el dilema. Está el criterio del tiempo (¿Has usado esto en el último año?); el criterio de cuánto es suficiente (¿Cuántas sartenes o cacerolas juzgas suficiente?); el criterio del placer (¿Es bonito y te produce placer poseerlo? ¿Te proporciona energía cuando lo miras o lo utilizas?). El mejor criterio para elegir es saber qué es lo que nos hace felices o nos produce alegría.

La noción de lo superfluo varía de una persona a otra. Pregúntate qué emociones te despierta determinado objeto. ¿Esos pantalones de la talla 36 que no usas desde hace años? Mejor hazlos desaparecer porque solo sirven para hacerte sentir culpable.

8. No te metas en territorio ajeno

O lo que es lo mismo, aunque estés en plena fiebre organizadora y le hayas cogido el truquillo al asunto de guardar, tirar, guardar, tirar… no debes caer en la tentación de traspasar fronteras. Por mucho que el cuarto de tu hijo sea una leonera o que los trastos que va esparciendo tu chico te desesperen, organizar sus cosas no te concierne (y mucho menos tirarlas). Tendrás que limitarte a predicar con el ejemplo, y dejar que el virus del orden se propague.

9. Agrupa tareas

Un buen consejo para planear de manera inteligente, simplificar nuestra vida y ahorrarnos un buen montón de tiempo es agrupar las tareas semejantes, porque requieren un estado de ánimo similar (por ejemplo, el nivel de concentración, esfuerzo y habilidades implicadas es diferente para revisar y archivar el papeleo que para despejar de trastos el garaje). Del mismo modo, reuniendo las tareas que requieren desplazamiento, economizamos tiempo y dinero.

Por ejemplo: hacer compras, pasarte por correos, aprovechar para dejar en el punto limpio los trastos que deseas tirar, acometer tareas burocráticas y administrativas… Con una buena planificación perdemos menos minutos en colas, esperas, desplazamientos y transporte. Eso sin contar que todas estas tareas son enervantes, fuente de estrés y muchas veces muy frustrantes así que ganas energía y buen humor.

10. Pon en práctica nuevas rutinas

Hay algunas prácticas fáciles de adoptar y que una vez puestas en marcha se convertirán pronto en hábitos. Tres ejemplos:

  • Por cada cosa nueva que entre (sea comprada o no), una debe salir. Si te regalan un libro, regala a tu vez uno de los que ya tienes; si compras una camiseta nueva, deshazte de alguna de las viejas.
  • Emprende sin aplazamientos las tareas rápidas que llevan menos de un minuto: tirar la publicidad del buzón al cubo del papel, colgar el abrigo en la percha al llegar a casa en lugar de tirarlo sobre una silla, fregar (o al menos llevar al fregadero) la taza del café…
  • Instala una bandeja en la que depositarás aquellas tareas que reorganizarás, sin falta, una vez por semana: las facturas, el correo…

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